• Daniel Sachi

Una defensa del optimismo


Debo confesar que soy un eterno optimista y amante de la frase de Martin Luther King "Aunque supiera que el mundo se desintegrará mañana, igual plantaría mi manzano."


Las personas que me conocen, e incluso aquellos que no, me ven como la persona con una sonrisa "siempre lista" y yo entiendo esto como algo natural, como que es normal y común, sin embargo, parece que no lo es, así que me puse a reflexionar sobre mi comportamiento.


Recordé entonces algunos comentarios que la gente había hecho cuando estaba trabajando como su jefe en distintas empresas y en distintos niveles de jefatura.


Hubo alguien que dijo: “Eres la única persona que sonríe por aquí y que siempre tiene una palabra positiva”.

Incluso me dio las gracias por ello.


Otra persona me dijo “Eres el mejor jefe que he tenido, siempre nos dejas ser”, cosa que debiera ser natural en aquellos que tenemos que liderar a otros.


Y también recordé otros comentarios negativos respecto de esta misma postura personal, de algunos que fueron mis jefes y de otros conocidos, porque en vez de confrontar y profundizar el problema, trataba de ver alternativas de solución.


Creo que en parte es una cuestión de gusto personal y comodidad.


No me gustan las discusiones, pero soy fanático del intercambio de ideas.


No me parece que los gritos movilicen a la acción, sino por el contrario paralizan y estoy convencido que los tonos suaves eliminan barreras.


No creo que una cara de disgusto sirva para abrir puertas o mentes, en particular cuando no tiene razón de ser y es solo una postura que se basa en trabajar sobre el temor de los demás.


No me parece que las órdenes sean el mejor camino para la obtención de resultados, pero si el compartir el objetivo y hacer que se apropien de él.


No comulgo con la idea de que la distancia de la gente nos sirve para liderar mejor, sino que, a la inversa, la cercanía y el ser uno más en el equipo produce mejores resultados.


No coincido con la idea de “desconfía y acertarás” sino que prefiero confiar y si me fallan aprender de ello, porque genera menos posibilidades de que esto ocurra.


No siento que pueda aplicar presión sobre otros y que esto no me afecte. Soy más proclive a soportar la presión en conjunto porque ayuda más ponerse a la par.


No puedo juzgar a los demás sin aceptar mis propias contradicciones y permitir ser juzgado.


Y no puedo pensar solo en lo inmediato, porque la vida no es una foto sino una película que incluso continúa, aunque yo haya dejado de ser espectador.


Todo esto conforma mi optimismo, y no me vanaglorio de ello porque no sé si es la receta del éxito, ya que muchas veces éste me fue esquivo, pero a menudo me he encontrado en la situación de tener que explicarlo.


Hecho el descargo… y por casa, ¿cómo andamos?


Reflexionar sobre cómo y por qué somos lo que somos es un excelente ejercicio…


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