• Daniel Sachi

Las odiosas comparaciones que nos alejan del éxito


Desde la forma en que enlazan las bases nitrogenadas de nuestra doble hélice de ADN hasta los surcos de nuestras huellas digitales, cada ser humano es profundamente, y casi incomprensiblemente único.


Desde el comienzo de la raza humana, entre billones de óvulos que han sido fertilizados y eclosionados, solo hay uno: microscópicamente notable, positivamente irrepetible, original y ... lejos de poderse comparar: cada uno de nosotros.


Sin embargo, pese a todo esto, estamos siempre comparándonos con alguien más, sea consciente o inconscientemente.


Siempre buscamos modelos a seguir, sean alguno de nuestros padres, un familiar exitoso o un personaje al cual admiramos.


Es parte de la cultura instalada en la humanidad seguir modelos, lo cual no es para nada malo y suelen ser muy útiles, como faros cuando la búsqueda de sueños se pierde en la neblina.


Son una prueba de que algo mejor es posible y por lo tanto muestran que ciertos objetivos no son una fantasía.


Nos animan a ser perseverantes y a resistir los fracasos en el camino, pero en esto de estar comparándonos todo el tiempo, caemos en la emulación, y este es siempre un terreno complicado.


Desde el mismo momento en que, como individuos, somo únicos, todo acercamiento a la igualdad es azaroso.


Podemos tener muchos recursos parecidos, pero también nos pueden faltar componentes esenciales que van desde una destreza personal, hasta los buenos consejos de un amigo, pasando por una serie de elementos casuales y causales que hacen la diferencia.


El tema es que persistir en la consecución del modelo que tenemos en mente puede hacernos obviar fuerzas propias, existentes y/o potenciales que no están en el modelo.


También nos hará desechar ciertos cambios posibles por el temor a divergir de ese modelo que no los implementó, y, por lo tanto, perdemos la riqueza que pudieran darnos.


Y si, después de todo el trabajo de emular a otros, terminamos muy cerca, nos daremos cuenta de la cruda realidad de ser solo seguidores, copias imperfectas, pero muy lejos de ser innovadores ni modelos a seguir.


Y esto se aplica no solo a cada uno de nosotros sino a las construcciones sociales como organizaciones o empresas, que siguen la misma regla, quizás porque están teñidas de la humanidad que le dan sus componentes.


Dicho todo esto, en realidad, no todas las comparaciones son odiosas, y si bien, no son modelos a seguir, sí hay alguien con quien compararnos todo el tiempo, no para ser iguales sino para ser mejores, corregir errores e incurrir en nuevas prácticas, y ese alguien somos nosotros mismos en nuestra versión anterior.


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