• Daniel Sachi

Más allá del instinto en la toma de decisiones



Todos, en algún momento, tomamos decisiones importantes.

Todos, en algún momento, tomamos alguna decisión que luego vimos que no fue correcta.

Ahora, ¿Todos usamos las mejores técnicas y herramientas para tomar una decisión con la información que teníamos?

Quizás aquí la respuesta sea negativa y muchos, en el mejor de los casos, hayamos basado la decisión en nuestro “olfato” que no es ni más ni menos que instinto.

Usar el instinto para tomar una decisión no es malo, más aún, es deseable, pero debe usarse cuando se hicieron todos los análisis correspondientes de la información, se plantearon alternativas y entonces, después de analizar puntos a favor y en contra, se usa para seleccionar la mejor entre ellas.

Confiar en nuestro instinto saltándonos todos los pasos e ir directamente a la decisión, puede resultarnos bien, pero la mayoría de las veces será casualidad, no causalidad.

La toma de decisiones es una competencia clave para los líderes, por lo cual, la práctica consciente del proceso efectivo para llegar a la decisión, debiera ser parte de nuestro día a día.

No importa si lo que estamos decidiendo es contratar a un colaborador, elegir un proveedor, o plantear una estrategia comercial, nuestras decisiones como líderes exceden en su impacto el ámbito personal y pueden tener consecuencias graves para una organización si no decidimos correctamente.

Sería muy fácil si hubiera alguna fórmula o cálculo matemático que nos permitiera definir la decisión correcta, pero lamentablemente no la hay, por eso es vital afianzar el proceso de la toma y llevarlo a cabo correctamente.

La primera pregunta que, como coach, haría a una persona que solicita mi ayuda en esto sería ¿Qué tan buenas son tus competencias para la toma de decisiones?

Para definir esto, hay una serie de preguntas que tienen que ver con seguir determinados pasos, tenerlos definidos como un proceso que se repite, elaborar un esquema de generación de alternativas, tener otro para validarlas, tener planes ponerlas en acción y chequear los resultados una vez implementadas como aprendizaje para futuros eventos.

Claro está que la toma de decisiones es una habilidad, y las habilidades generalmente se pueden mejorar o adquirir.

Nuestra confianza aumentará a medida que adquiramos más experiencia en la toma de decisiones y nos familiaricemos con las herramientas y estructuras necesarias para tomarlas de manera efectiva.

En general, una buena práctica dentro del proceso es generar tantas alternativas como sea posible, evaluarlas teniendo en cuenta para cada una el riesgo de implementarla, las consecuencias de hacerlo, la posibilidad de llevarlas a cabo y por supuesto, el costo. Esta práctica usualmente genera buenos resultados.

Por supuesto, desde lo personal, tomar decisiones es siempre estresante y la mejor manera de afrontarlo es estructurarse para seguir el proceso y estar confiado en que la decisión fue tomada de la manera más correcta y segura.

Aprovechemos esta oportunidad para pensar cómo podemos mejorar nuestra toma de decisiones y llevar nuestras habilidades al siguiente nivel.

En última instancia, mejorar nuestras habilidades en la toma de decisiones nos beneficiará a nosotros y a nuestra organización.

Si los resultados fueron buenos o malos, es otra historia, aunque cambiar el olfato por un proceso bien estructurado es lo mejor que podemos hacer y usualmente ayuda a tener como resultado decisiones correctas.

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