• Daniel Sachi

La brújula de oro y el don de interrogar



Quizás pocos hayan leído la novela “Luces del norte”, de Philip Pullman, que devino luego en una película sin mucho éxito llamada “La brújula dorada”, ambas, novela y película, primera parte de la trilogía “La materia oscura”.

En ella, a una niña huérfana que emprendía un viaje muy peligroso, se le obsequia un “aletiómetro”, algo que ella no sabía para qué servía ni cómo usarlo.

Este instrumento, parecido a una brújula de oro, era capaz de revelar la respuesta a cualquier pregunta hecha por alguien que tuviera el don para hacerla correctamente y fuera apto para interpretar la respuesta.

Las preguntas debían ser formuladas de manera específica, por lo cual, la conjunción de una buena pregunta y una respuesta útil, solo era dada a unos pocos.

A la niña de la historia le vino muy bien, porque logró sus objetivos con ayuda de aquel maravilloso artefacto.

Si bien la novela tenía mucho de fantasía, este instrumento existe en la realidad, pero no es una brújula ni nada que se parezca. Es una habilidad, una competencia: la capacidad de preguntar y de entender acabadamente las respuestas.

Esta capacidad, como la brújula, solo puede ser usada en forma útil si tenemos el don, ese don que nos hace ser claros y concisos en las preguntas, que nos hace eliminar las rispideces que pueda sentir el receptor, que hace que abordemos su subconsciente y trabajemos sus fibras íntimas para que se relaje y así pueda expresarse cómodamente y sin tapujos, y que la respuesta pueda ser analizada, depurada y filtrada de acuerdo a las características de la persona interrogada, para extraer de ella así, la verdad única.

Este don, a diferencia del de la novela, no es un mero legado genético, no viene solamente con uno desde la cuna. Éste, se puede entrenar!

En nuestro entorno habitual, hacer buenas preguntas depende no solo de las palabras que usamos, sino también de la postura corporal, los gestos y la modulación que le imprimamos a la voz.

También requiere de un conocimiento previo del receptor interrogado, sus modos y costumbres, su lenguaje, su nivel de entendimiento y sus experiencias, para poder poner las cuestiones en sus propios términos.

Por otro lado, las respuestas también pasan por los mismos elementos para ser decodificadas.

Si no conocemos bastante de quien responde, podemos errar en los significados y la verdad puede seguir oculta entre el cúmulo de palabras.

Este don es una característica de aquellas personas que se preocupan por los demás, esos que trabajan la empatía, que dan la importancia necesaria a las personas y a su historia.

Sin este don, arribaremos a falsas conclusiones, tomaremos por verdaderas nuestras interpretaciones de las respuestas, y quizás, probablemente, nos equivoquemos mucho.

Por eso, lustremos nuestra brújula de oro, hagamos que sea útil perfeccionando nuestras competencias, y podremos así emprender cualquier viaje dentro del conocimiento, sin temor de los peligros que puedan presentarse en el camino…

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